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  • Por qué a la izquierda de América Latina le cuesta tanto el recambio de líderes

    Una década atrás, la izquierda de América Latina parecía encaminada a renovar el liderazgo político de la región a medida que ganaba una elección tras otra en distintos países.

    Pero el paso del tiempo y los nuevos vientos políticos han dejado al descubierto algo diferente: la dificultad de la izquierda latinoamericana para recambiar a sus propios líderes.

    Las tres elecciones presidenciales de los próximos días en Sudamérica reflejan de distintas formas ese problema.

    En Bolivia, el presidente Evo Morales busca su cuarto mandato para gobernar de forma continua por dos décadas, de 2006 a 2025.

    En Argentina, la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner está a un paso de volver al poder como vice de Alberto Fernández, quien niega ser “un títere” de la líder que lo ungió como candidato.

    Y en Uruguay, la coalición izquierdista Frente Amplio tiene su elección más difícil desde que llegó al gobierno en 2005, ya sin las candidaturas naturales del actual presidente Tabaré Vázquez y su antecesor José “Pepe” Mujica.

    El fenómeno se extiende desde países donde la izquierda perdió el poder y busca nuevos conductores, como Chile o Brasil, hasta otros donde gobierna sin recambio a la vista y en crisis, como Venezuela o Nicaragua.

    Esa renovación cuesta mucho, sí. Es un proceso dificultoso. Inevitablemente se tendrá que ir dando, pero no está a la vuelta de la esquina”, reconoce Mujica, de 84 años, refiriéndose a la izquierda regional en diálogo con BBC Mundo.

    La pregunta, entonces: ¿por qué ocurre esto?

    Los árboles y la sombra

    Varios de los políticos izquierdistas que recientemente fueron presidentes en América Latina aguardaron su oportunidad durante años, con trayectorias que incluyeron desde cárcel hasta sucesivas derrotas electorales.

    Andrés Manuel López Obrador fue elegido presidente de México recién el año pasado, en su tercer intento. Luiz Inácio Lula da Silva alcanzó el poder de Brasil en su cuarta postulación, en 2002.

    Lula fue antes dirigente sindical y fue preso en 1980 por incitar a una huelga durante el régimen militar brasileño.

    Mujica estuvo 14 años encarcelado y fue torturado por los militares que gobernaban Uruguay, por ser guerrillero tupamaro.

    Morales fue detenido como dirigente cocalero años antes de volverse el primer presidente indígena de Bolivia.

    Hugo Chávez pasó dos años preso por un intento de golpe de Estado en Venezuela antes de ser electo en 1998 y gobernar hasta su muerte en 2013.

    Ese largo y sinuoso camino al poder hizo que varios de ellos fueran vistos como única opción de liderazgo en la izquierda, señalan analistas. Se lo hayan propuesto o no, se volvieron como aquellos árboles donde nada crece a su sombra.

    “Los liderazgos que había en la izquierda (…) venían preparándose hacía mucho tiempo para recoger el poder. Y ese poder que se ejerció no creó los mecanismos para renovarse”, señala Marta Lagos, directora de la encuestadora regional Latinobarómetro, con sede en Chile.

    “Lo que quedó en el imaginario colectivo de la élite latinoamericana son los líderes unipersonales”, dice Lagos a BBC Mundo. “Tenemos una élite menos democrática que el pueblo y, en esa ausencia de democracia, se contaminó la izquierda“.

    Las reglas de juego

    La falta de reglas que impidan a los expresidentes de la región volver al poder, algo que sucede por ejemplo en Estados Unidos, obstaculiza el recambio de liderazgos, tanto de izquierda como de derecha, señalan expertos.

    “Esto ocurre porque es posible: el sistema lo permite”, señala Javier Corrales, un profesor de ciencia política en el Amherst College de EE.UU. que ha investigado el funcionamiento de las democracias en Latinoamérica.

    Sin embargo, partidos conservadores o de derecha de la región han alcanzado en los últimos años el poder con candidatos debutantes como Jair Bolsonaro en Brasil, Iván Duque en Colombia, Mauricio Macri en Argentina o Mario Abdo Benítez en Paraguay.

    El presidente más joven de América Latina es el salvadoreño Nayib Bukele, un exempresario millennial de 38 años que intenta escapar a la vieja definición de derecha o izquierda —aunque el mes pasado le dijo al presidente de EE.UU., Donald Trump, que es “amable y genial”, y que su país es su “aliado más importante” .

     

    Le sigue en edad el presidente de Costa Rica, Carlos Alvarado, un liberal de centroizquierda de 39 años muy crítico con sus homólogos izquierdistas Nicolás Maduro, el sucesor de Chávez que gobierna Venezuela desde 2013, y Daniel Ortega, quien preside Nicaragua desde 2007 y antes lo hizo de 1985 a 1990.

     

    En la historia moderna de la región, el récord de 49 años de permanencia en el poder lo tiene alguien que inspiró a toda una generación de izquierda: el fallecido líder de la revolución cubana Fidel Castro.

    Aunque ninguno se aproxime a ese récord, Chávez, Morales y el expresidente ecuatoriano Rafael Correa apoyaron desde el poder cambios en las reglas de juego para habilitar la “reelección indefinida”.

    “No quiero. Pero tampoco puedo decepcionar a mi pueblo”, dijo Morales en una entrevista en 2017 al explicar por qué el próximo domingo 20 buscará su cuarto mandato con la polémica luz verde del Tribunal Constitucional de Bolivia después que esa posibilidad fuera rechazada en un referéndum.

     

    Observadores señalan que este tipo de actitudes surgen del modo en que la izquierda suele concebir el acceso o permanencia en el poder, como una eterna lucha con la derecha.

    “A la izquierda le gusta hablar de conquistas sociales y las conquistas no se entregan”, señala Corrales.

    “Es ese modo de pensar: ‘Me lo gané y no voy a permitir que me lo arrebaten, tuve que luchar contra grupos antidemocráticos, el otro bando son oligarcas, cualquier cosa que me arrebate estos logros es un retroceso de la democracia'”, agrega. “Así lo ven”.

    “La enfermedad existe”

    En algunos casos donde presidentes de izquierda latinoamericanos nombraron a su sucesor, las cosas salieron diferente a lo que planearon.

    Dilma Rousseff fue elegida como heredera de Lula en 2010, pero 6 años más tarde fue destituida por el Congreso brasileño, acusada de maquillaje presupuestal.

    Lula intentó volver al poder en las elecciones del año pasado, pero su campaña quedó trunca cuando fue condenado y preso por corrupción. El Partido de los Trabajadores debió improvisar otra candidatura sin éxito y ganó el ultraderechista Bolsonaro.

    Correa designó como su sucesor al actual presidente Lenín Moreno, quien al asumir la presidencia marcó distancia del exmandatario, que tiene un pedido de prisión preventiva en Ecuador por un caso de presuntos sobornos.

     

    “No volverán los viejos políticos, tienen la obligación de renovarse”, sostuvo Moreno cuando Ecuador eliminó la reelección indefinida en una consulta popular el año pasado.

    Sin embargo, en medio de las protestas callejeras de los últimos días contra Moreno, Correa sugirió desde su residencia en Bélgica que podría presentare como candidato a vicepresidente en futuras elecciones en Ecuador.

     

    Eso es lo que hizo en Argentina la expresidenta Fernández de Kirchner, quien también enfrenta varias causas judiciales por presunta corrupción y en las elecciones del domingo 27 se presenta como número dos de Alberto Fernández, exjefe de su gabinete y del de su fallecido marido.

     

    En otros casos, el fin de mandatos presidenciales de izquierda que marcaron época dejaron a esos sectores políticos huérfanos, al punto que en su interior discuten el retorno de sus líderes.

    Es lo que pasó recientemente en Chile, donde desde la centroizquierda surgieron rumores de una posible nueva candidatura de la dos veces presidenta socialista y actual alta comisionada de la ONU para los Derechos Humanos, Michelle Bachelet, hasta que ella misma lo descartó el mes pasado.

    En Uruguay, el Frente Amplio eligió como su candidato para las presidenciales del domingo 27 a Daniel Martínez, un exalcalde socialista de Montevideo que según Mujica “no puede dejar de ser un ingeniero”.

    “Su especialidad no es la dialéctica (sino) la gestión y el compromiso concreto frente a los problemas: en eso es muy valioso”, dice el expresidente. “Si puede ser o no un nuevo liderazgo, eso se resuelve de abajo para arriba y nunca de arriba para abajo”.

    Mujica, quien contra la expectativa de muchos en su sector descartó postularse a un nuevo mandato presidencial pero lo hace al Senado, dice buscar el ascenso de figuras más jóvenes.

    “El líder vale en la medida que tiene una masa importante que lo empuja”, afirma.

    “Pero naturalmente, como el hombre es un bicho bastante vanidoso, es fácil a quien le toca el liderazgo caer en la miopía de creerse que el centro de la historia es él y no compone otra cosa que un episodio de historieta”, razona. “La enfermedad existe, porque es hija de la vanidad humana”.

     

    Fuente: www.bbc.com